domingo, mayo 25, 2008

Mitos y Leyendas
Zona Austral

El cerro de la mano negra

Un cerro de Coyhaique tiene antes de llegar a la cumbre, estampada una mano negra, la que apareció después de que un hombre se tendió a dormir, sobre su manta a media falda del cerro.
El hombre sintió que se hundía, que la tierra se lo tragaba y en su desesperación comenzó a levantar los brazos queriendo asirse a algo para levantarse y profiriendo espantosos gritos.
En su angustia estiraba la mano temblorosa, quería aferrarse, pero se sumió. Y esa es la mano de él, que refleja una mano hecha de terror.
(Oreste Plath. Geografía del mito y la leyenda chilenos).


El dedo del indio patagón

Es costumbre tocar o besar el dedo del pie del indio que adorna el monumento a Magallanes, como buscando felicidad. ¿Por qué ocurre esto?


Cuenta la leyenda que un avezado marino español que estaba sentado una noche cavilando frente al monumento de Magallanes, de improviso fijó su atención en el fornido indio patagón que adorna la estatua y se le ocurrió tatuarse en el pecho esta figura. Buscó un especialista y el artista puso manos a la obra, que resultó una perfección. El tatuaje parecía cobrar vida a cada movimiento del marino, los ojos parecían mirar y le temblaban las mejillas. Lo que más llamaba la atención era el dedo gordo del pie que se movía como con vida propia a cada movimiento de la piel.


Terminado el trabajo, se acercó a un espejo y rió satisfecho. Consultando in mente si sus empresas tendrían éxito, vio que el dedo gordo del indio se agitaba afirmativamente. Feliz fue hacia el puerto a embarcarse. Al pasar por el monumento se detuvo junto a la figura del indio, y golpeándose el pecho exclamó: "Aquí te llevo, amigo. Quiero ser tan fuerte como tú, y que no me entren balas". Y cogiéndole el dedo gordo del pie, le dio un sonoro beso, diciendo: "Ayúdame, dame suerte".


Meses después el marino regresó a Punta Arenas, radiante de alegría y contaba que todo le había resultado bien.
Y es por eso que ahora, quienes pasan frente a la estatua tocan el dedo del pie del indio, como implorando para ellos su protección y ayuda. Y los viajeros lo besan y le piden un pronto regreso.
(Oreste Plath. Geografía del mito y la leyenda chilenos, pág. 366).


Ciudad de los Césares


Existiría en el sur de Chile, en un lugar de la Cordillera de los Andes que nadie puede precisar, una ciudad encantada, fantástica, de extraordinaria magnificencia. Estaría construida a orillas de un misterioso lago, rodeada de murallas y fosos, entre dos cerros, uno de diamante y otro de oro. Posee suntuosos templos, innumerables avenidas, palacios de gobierno, fortificaciones, torres y puentes levadizos. Las cúpulas de sus torres y los techos de sus casas, lo mismo que el pavimento de la ciudad, son de oro y plata macizos. Una gran cruz de oro corona la torre de la iglesia. La campana que ésta posee es de tales dimensiones, que debajo de ella podrían instalarse cómodamente dos mesas de zapatería con todos sus útiles y herramientas. Si esa campana llegara a tocarse, su tañido se oiría en todo el mundo. Existe también allí un mapuchal (tabacal de la tierra) que no se agota jamás.


Sus habitantes son de alta estatura, blancos y barbados; visten capa y sombrero con pluma, de anchas alas, y usan armas de bruñida plata.


Los habitantes que la pueblan son los mismos que la edificaron hace ya muchos siglos, pues en la Ciudad de los Césares nadie nace ni muere. Nada puede igualar a la felicidad de sus habitantes. Los que allí llegan pierden la memoria de lo que fueron, mientras permanecen en ella, y si un día la dejan, se olvidan de lo que han visto.


No es dado a ningún viajero descubrirla, "aun cuando la ande pisando". Una niebla espesa se interpone siempre entre ella y el viajero, y la corriente de los ríos que la bañan, alejan las embarcaciones que se aproximan demasiado.
Para asegurar mejor el secreto de la ciudad, no se construye allí lanchas, ni buques, ni ninguna clase de embarcación.



Algunas personas aseguran que el día Viernes Santo se puede ver, desde lejos, cómo brillan las cúpulas de sus torres y los techos de sus casas, de oro y plata macizos.
Según la leyenda, sólo al fin del mundo se hará visible la fantástica ciudad; se desencantará, por lo cual nadie debe tratar de romper su secreto.
(Oreste Plath. Folclor chileno).


ENLACE:
http://www.gobiernodechile.cl/canal_regional/mitos_leyendas.asp


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