domingo, mayo 25, 2008


Mitos y Leyendas
Zona Norte

La niña de mis ojos


Una princesa incaica que comenzó a enceguecer fue traída a una laguna enclavada entre los cordones cordilleranos que bajan por los Andes hasta la Pampa del Tamarugal, a tres mil metros, donde se sumergió en sus aguas por varias veces. Al poco, notó que recuperaba la vista y los descendientes del Inca llamaron al lugar Mamiña, que quiere decir, La niña de mis ojos.
Y Mamiña, durante años, vio llegar caravanas incaicas con el propósito exclusivo de encontrar alivio y remedio en sus aguas.
(Oreste Plath. Geografía del mito y la leyenda chilenos).


Por qué el Tacora se apagó


Las aguas del mar de Arica eran las predilectas de uno de los incas más famosos del Perú. Todos los años bajaba a la playa rodeado de un séquito cortesano, celebrándose con tal motivo fiestas interminables. Las mujeres más hermosas y divinas se deleitaban en las tranquilas y tibias aguas del puerto, y eran tan bellas, que las sirenas les tenían envidia y celos. Seres marinos acudían también a admirar corte tan vistosa y feliz.
En una de aquellas noches de orgía y de locura, sirenas y caballos marinos formaron tal alboroto con las olas, que éstas crecieron y se extendieron en tal forma que arrasaron con inca, doncellas y cautivas. Desde entonces el Tacora apagó sus fuegos. Miles de aves aparecieron en los aires a contemplar desde arriba una corte tan brillante sepultada en el fondo del mar.
(Oreste Plath. Geografía del mito y la leyenda chilenos).


La leyenda de los Payachatas


Hace mucho tiempo, convivían en los valles del norte dos pueblos enemigos, cuya existencia transcurría entre crudas luchas motivadas por el dominio de las tierras. Un día, dos jóvenes, el príncipe y la princesa de estas comunidades, se conocieron y se enamoraron profundamente. Su amor fue rechazado duramente por ambos pueblos y los ancianos de cada tribu aconsejaron a los jóvenes que lo mejor era que se separaran. Pero, ante la negativa de éstos, decidieron sacrificarlos para impedir que estuvieran juntos.


La naturaleza se entristeció tanto que no pudo aguantar el llanto. Mientras la naturaleza volcaba su fuerza para que los poblados cambiaran de actitud, ellos realizaban toda clase de artilugios para romper con el amor de los jóvenes. Tan inútiles resultaron los esfuerzos, que los sacerdotes decidieron sacrificarlos para que nunca llegaran a estar juntos. En una noche oscura y sin luna los príncipes fueron asesinados.


La fuerza de la naturaleza se hizo presente, llovió y llovió por días y noches. Las lluvias, cada vez más intensas, fueron acompañadas de truenos y relámpagos que asolaron la región.
Las dos tribus desaparecieron, producto de las inundaciones y en lugar de ellas aparecieron dos hermosos lagos por donde se ha visto pasar en pequeñas canoas a los dos príncipes finalmente juntos.
Los lagos creados por las intensas lluvias son el Chungará y el Cota-Cotani.
La naturaleza no contenta con este homenaje, puso en el lugar de las tumbas de los jóvenes dos volcanes: El Parinacota y el Pomerame.


Los socavones de Pica


Cuando los españoles vinieron a establecerse en estos lugares, no tuvieron acogida por los indios piqueños, por lo que se trasladaron a Matilla, donde fundaron una población.
Uno de estos pobladores se enamoró de la hija del cacique de Pica, solicitándola a su padre para contraer matrimonio, a lo que se negó el cacique. Dámaso Morales, que así se llamaba el español, insistió en su petición, obteniendo esta vez mejor resultado, pero con una condición tan difícil como imposible.
Díjole el cacique a Morales que no tendría inconveniente en cederle la mano de su hija, siempre que le hiciera florecer el valle entre Pica y Matilla, lo cual fue para éste más terrible que la simple negativa anterior.


Y Dámaso Morales se puso a construir el primer socavón que se hizo en estos lugares, obtuvo agua, hizo florecer el valle y se casó con la hija del cacique.
Los indios a ciertos hilos de agua los juntaban en unas represas que llamaban cochas. El español siguió esta veta horadando la piedra y la hizo seguir un cauce hasta las cochas que se vieron aumentadas en su caudal, el valle reverdeció y fue una flor en la arena, lo que quiere decir Pica.
(Oreste Plath. Geografía del mito y la leyenda chilenos).


Tesoro del Inca


Los pobladores del Desierto de Atacama ubican el Tesoro del Inca en una laguna, que estaría en la cumbre del Cerro Quimal, al noroeste del Salar de Atacama.
La muerte del Inca Atahualpa acaeció en 1533. Y se sabe que la caravana que viajaba llevando los tributos en dirección al Cuzco, fue informada que el Inca había fallecido. Los caravanistas portaban catorce y media arrobas de oro, que era el tributo. Los indios, sin saber qué hacer con el tesoro, habrían depositado la valiosa carga en el fondo de la laguna del cerro Quimal.
Se cuenta que algunos habitantes de las cercanías han realizado búsquedas y han logrado extraer objetos que dan mala suerte a sus poseedores.
(Oreste Plath. Folclor chileno).


El Alicanto


En la zona norte de nuestro país existe un ser mitológico cuyas apariciones son esperadas con ansias por los buscadores de fortunas. Esta criatura es el Alicanto, un pájaro fabuloso que vive entre los cerros de minerales y que se alimenta con oro y plata. Su tamaño es enorme; posee grandes alas de color metálico, un pico encorvado y patas alargadas con grandes garras. Tiene la característica de que sus alas brillan durante la noche. Si su alimento ha sido el oro, lanza reflejos dorados, y si ha sido plata, los destellos son argentados.
Si tiene el buche lleno, no puede volar debido al peso de los metales con que se alimenta, aunque igual se puede esconder si es perseguido, en cualquier recodo o grieta oculta, sin dejar ninguna huella, para decepción de sus perseguidores.


Quienes deciden seguir al Alicanto, con la esperanza de obtener fortuna, ya que es capaz de conducirlos a los sitios exactos donde existen ricos yacimientos o a puntos donde hay algún tesoro enterrado, no deben ser advertidos por este. Si así ocurre, desorientará al minero caminando a veces lento, a veces rápido, o desaparecerá y reaparecerá, hasta que finalmente le arrojará una luz fuertísima que lo traspasará, encegueciéndolo en medio de un camino o al borde de un precipicio. Solo una plegaria a la Virgen de Punta Negra le puede indicar al infortunado la ruta de regreso a su hogar. Si el Alicanto siente que el minero que lo persigue tiene ambiciones exageradas, lo llevará también al borde de un despeñadero, donde muere.
El Alicanto habita en pequeñas cuevas y pone dos huevos, de oro o de plata. Y solo aparece en la noche.


La Añañuca


La Añañuca es una flor típica de la zona norte de nuestro país, que crece específicamente entre Copiapó y el Valle de Quilimarí, en la Región de Coquimbo. Pocos saben que su nombre proviene de una triste historia de amor...
Cuenta la leyenda, que en tiempos previos a la Independencia, la Añañuca era una flor joven de carne y hueso que vivía en un pueblo nortino. Un día, un minero que andaba en busca de la veta que le traería fortuna, se detuvo en el pueblo y conoció a la joven. Ambos se enamoraron y el apuesto minero decidió relegar sus planes y quedarse a vivir junto a ella. Eran muy felices, hasta que una noche el minero tuvo un sueño que le reveló el lugar dónde se encontraba la mina que por tanto tiempo buscó... Al día siguiente en la mañana tomó la decisión: partiría en busca del filón.


La joven desolada, esperó y esperó, pero el minero nunca llegó. Se dice de él que se lo tragó el espejismo de la Pampa. La hermosa joven producto de la gran pena murió y fue enterrada en un día lluvioso en pleno valle. Al día siguiente salió el sol y el valle se cubrió de flores rojas que recibieron el nombre de infeliz mujer.


Juan Soldado


El estudioso Julio Vicuña Cifuentes transmite la leyenda que el pueblo narra sobre la desaparición de la primitiva ciudad de La Serena que es, según él, “la tradición más antigua” que se conoce en Chile. He aquí la versión:
La primitiva ciudad de La Serena era mucho más hermosa que la actual. Vivía en ella un joven bien parecido, pero pobre, a quien llamaban Juan Soldado, nombre que, en recuerdo suyo, se puso después al cerro cerca del cual aquella ciudad estaba edificada.


Juan Soldado se enamoró de la hija única de un cacique riquísimo, que habitaba a tres leguas de la ciudad. Como el cacique era ambicioso, se opuso a que se casara con un pobre. Los enamorados resolvieron huir, para casarse en la iglesia de La Serena, pues la joven era cristiana. Así lo hicieron, y en el momento en que el sacerdote bendecía el matrimonio, gente del pueblo llegó a la iglesia con grande alboroto, diciendo que el cacique, a la cabeza de sus mocetones, se aproximaba a la ciudad, jurando destruirla, después de matar a los enamorados.


Nadie sabe lo que pasó, pero es lo cierto que en el momento en que el cacique, con sus guerreros, pisó los suburbios, la ciudad se desvaneció. Recorrieron el campo donde estaba situada, pero no la encontraron aunque la andaban pisando. En ciertas noches, singularmente los sábados, los que pasan cerca del sitio en que estuvo edificada oyen música y canciones, y el Viernes Santo la ciudad se hace visible a los que contemplan desde lejos, pero se borra poco a poco ante los ojos de los que pretenden llegar a ella.


Otra versión es la que dice que existió en la Colonia un soldado español llamado Juan. Cierto día mató en la calle a dos vizcaínos ricos que se habían burlado de él al verlo pobremente vestido. Sólo quedó en el suelo su espada acusadora. El hombre desapareció. Meses más tarde, en lo alto de un cerro lejano se encendía todas las noches una luz. Al año se extinguió. Cuando los curiosos visitaron este punto hallaron allí al soldado Juan, muerto y amortajado en un hábito monacal. En esa soledad el asesino había expiado su doble crimen. Se denominó ese punto el cerro de Juan Soldado. Y de allí el nombre actual.
(Oreste Plath. Folclor chileno).


Tesoro de la Bahía de la Herradura


En la Bahía de la Herradura, que hoy se conoce con el nombre de Guayacán y que está junto a Coquimbo, los piratas enterraron un tesoro, el Tesoro de la Bahía de la Herradura.
En el año 1578 el corsario inglés Francis Drake descubrió la Bahía de La Herradura, así llamada por su forma. Desde ese mismo instante, pasó a ser el refugio de piratas y filibusteros, como Bartolomé Scharp, Eduardo Davis, Jorge Anson y otros de menos nombradía.
Drake convirtió esta bahía en refugio y en sus costas enterró el producto de sus correrías, robado en cientos de combates. Este tesoro consistiría en miles de barras de oro y plata; cientos de miles de monedas de oro, mil doscientos zurrones de oro en polvo, veinte ollas de oro y diez tinajas de joyas.
(Oreste Plath. Folclor chileno).


La Cueva de Salamanca


Es la cueva donde se aprende el arte de la brujería. En Chile sólo existe una sola Cueva de Salamanca, pero ésta tiene varias entradas y están cuidadas por culebrones.
En ella está el alma de los brujos fallecidos, cuyo espíritu les insufla poderes a los que se inician; se rinde homenaje a Satanás; se efectúan las misas negras; se realizan las confesiones de brujos y brujas. Una palabra devota o la señal de la cruz bastaría para disolver en monstruosa confusión la asamblea. Al canto del gallo vuélvense los brujos a sus casas en las que penetran escurriéndose por la chimenea, por el ojo de la cerradura o por alguna rendija.
Cada cierto tiempo, en la Cueva se efectúan fiestas a las que asisten los maestros. Todo el servicio es de oro y lo que se sirve es de lo mejor, pero nada se puede sacar de la Cueva. Llevado al exterior se convierte en materia grosera.


Se cuenta que a la Cueva de Salamanca fue invitado un joven por un brujo, y se encontró con una gran fiesta, allí todo era de oro y plata. Cuando quedó solo se metió una cuchara de plata al bolsillo y en ese momento vio a una niña de hermosas piernas que se acercaba. Después despertó en la Plaza y, recordando lo ocurrido y llevándose las manos a los bolsillos para ver si tenía la cuchara, se encontró con una canilla.


En otras partes del país, en especial en Carahue, estas cuevas son llamadas Renis. En Carahue se habla de la existencia de cuatro Renis, siendo tres de ellas de mucha actividad en otra época. Ahora sólo son dos las que están en plena acción.
En estas cuevas se reúne todo el señorío y celebran sus fiestas y practican sus malas artes.
(Oreste Plath. Folclor chileno).


1 comentario:

J dijo...

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